viernes, 1 de agosto de 2014

Quererte


Yo no sabía del querer como te quiero, después de perder la cordura por querer como no quería.
No quería quererte como te quiero, pero acabé queriéndote como no sabía que podía querer.
Quise no buscarte, y te encontré sin quererlo, más no quiero que vuelvas a no querer aparecer frente al camino que no quería volver a caminar.
Pero ya no estoy solo.
No lo estoy.
Quiero quererte mas de lo que te quiero por el simple deseo de querer hacerlo. Y ser feliz. No voy más allá de la felicidad. Quiero seguir el presente como hasta ayer, y como hoy lo hago para quererte en el presente que comienza al abrir los ojos por la mañana, donde, como primer aviso de estar vivo,  el recuerdo de tus morenos ojos que brillan cuando los recuerdo como quiero quererlos, me dan de desayunar el querer que quiero.
Y te quiero.
Como quiero quererte, te quiero.




jueves, 31 de julio de 2014

El día de distancias


No se encontraron, esta vez, bajo la luz amarilla del costado del parque, ni entre luces de colores de una pileta de Providencia. Tampoco se vieron deambulando por una parte del casco antiguo del Santiago, ese que por ahí por los 1900, cobijaba a esa aristocracia de bigotes peinados y vestidos con falsos. No se tomaron de la mano por la alameda ni se durmieron por un instante en el pecho del otro, a la salida de algún metro de la ciudad. 
Tampoco pasó el desquiciado preguntando por las casas de putas y por cómo se le decía a la cabrona en la puerta: ¿Madamme? 
No weon, ¡Madmuaselle!

No se sostuvieron, abrazados frente a una cámara de fotos, sonriendo para la posteridad ni se besaron al costado de la laguna chica del O'Higgins. (Cómo odia ese apellido)
No hubo historias de la familia, ni de odios, rencores o traumas de la niñez. No hubo casi lágrimas por recuerdos emotivos. 
Tampoco hubo miradas entre los cristales morenos de ella y los manchados de él. 

Se encontraron, esta vez, bajo la luz multicolor de los recuerdos que se cruzan cuando se piensan durante el día, al costado de un parque, a la melancolía de una pileta enamorada de sus enamorados. Deambularon por las caricias que se recorren cuándo el tiempo se les acaba y se tomaron las manos al cerrar los ojos, como durmiendo en el pecho del otro, cuando un montón de distancia los alejaba de lo físico. 

Se abrazaron a la magia del mirar la foto. 
Sonrieron mutuamente al sentir la calidez que aún perduraba en sus labios del último beso. 
Las historias los aguardan mirando de lejos, dando el paso a la historia que, juntos, construyen, con felicidad, con ansias, con temores y valientes deseos, con sonrisas, con juegos, con ojos morenos, con ojos manchados.

Y se quisieron.
Y se cantaron a la distancia:  

Amarazáia zoê, záia, záia
A hin hingá do hanhan..
Ohhh Amarazáia zoê, záia, záia
A hin hingá do hanhan...

lunes, 28 de julio de 2014

A la memoria del comienzo

No te quiero aún, solo por la precariedad del tiempo que ha pasado desde las horas en que te miré de frente, no por vez primera, pero si por primera vez para mi y nadie mas que para ti y para ambos.
No te quiero aún como alguien querría que se quisiera, al decir que nada mas que tus ojos me devuelven al brillo del mar que tanto miedo me da al tronar frente a mis pies, pero te quiero con la posibilidad de no quererme como quisiera que realmente ocurriera. Porque si te quiero y te lo digo, me arriesgo a ser querido antes del tiempo establecido por los márgenes de las memorias y las conciencias que nunca miraron de frente a través de los cristales del alma de quienes realmente deseaban sentirse queridos antes de tiempo y no lo fueron, por no aceptar caer en los impulsos del deseo y la extravagancia extraña y macabramente divina de esos enamoramientos imposibles; imposibles para ellos, claro está.
Y te converso desde mis pensamientos hasta lo tangible de tu voz que caía como acariciando la arrugada piel que ya me ataca a los veinticinco, pasando suavemente por mis labios antes del primer beso que me regalaste como por sorpresa ante mi violencia del ladrón que ataca, como la primera vez, asustado, intentando pasar desapercibido con una estrategia tan vulgar como el engaño a si mismo, sin saber que hacer cuando ha conseguido traspasar la barrera de lo que se le prohibía. Y te quiero cuando te converso, y también cuando te extraño, pero sobre todo, cuando me das la inseguridad bendita de no saber de ti y me estremeces desde las profundidades del alma que te regalo desde este jodido momento en que no estás frente a mi como realmente quisiera. Y si lo estás, pero imposibilitado del tacto, pero abriendo mas espacio a la memoria de tus besos y tus caricias y tus risas al pararte frente al lente y sonreír y posar como la más hermosa de las deseadas, haciéndome feliz por ese pequeño instante donde pude decir: y desde ahora en adelante, has quedado para mi, para ti, para ambos, por que lo que nos unió por vez primera sin ser los dos, nos hizo caer en la magia de unirnos por primera vez a la segunda, esta vez para ambos, como uno, caminando por el parque y sonriendo de lo que nos entregamos.
Para ahí, algo mas acá, no te muevas, espérame, listo. ¿Nos vamos? Bien, el último disparo, volvemos a tenernos para siempre al primer momento que fue de ambos.

viernes, 6 de junio de 2014

Cuando comencé a regresar



Tengo las cuerdas de una guitarra pegadas en la cabeza y en el alma desde el día en que decidimos encender el primer cigarro juntos, ansiosos de tabaco y de caricias. 

¿Cuanto tiempo ha pasado? 

Tengo en el alma, ahora congestionada de recuerdos y desvaríos, un montón de guitarras inconclusas y desayunos no preparados y cenas dejadas al olvido, solo por la culpa de que ya no somos lo que fuimos cuando, juntos, logramos ser el mundo entero y nada mas nos necesitaba, porque si, no necesitábamos del mundo sin antes que él necesitara de nosotros, pero como ambos, cuando éramos dos caminando por Marcoleta frente al poco iluminado cerro Huelen (que sabes que prefiero eso a Santa Lucía) y comprábamos pollo con tamaño de paloma para comer en el living que era tuyo pero, irrespetuosamente también ya lo había hecho mío, en la altura del 23 con vista al sur y a la cordillera y a las protestas afuera de Endesa.
Tengo, también, melodías que quisiera interpretar como un músico frustrado, bohemio, de esos que odio, que se muestran odiosos con el mundo, tocando en un antro de mierda con un pucho en la boca con la ceniza que ya se cae en los pantalones y putas pasando por mi lado ofreciéndome el mas salvaje y descarnado sexo, y rechazarlas y contar la historia que nos dejó inconclusos y por eso ahora digo no a las provocadoras peticiones de una prostituta de cabaret de los años 30 que hasta me ofreció unos Marlboro para después de su orgasmo fingido. 
Me ha quedado también, un repertorio de canciones viejas para escucharlas junto a ti antes de pedirte que me dejaras dormir contigo, en tu cama, con tus sábanas como testigo (y también tengo latente, muy latente aún, el recuerdo de la primera vez que te escribí "tus sábanas como testigo") y me quedan las fotografías que tomamos para jurarle al tiempo que siempre seríamos parte de sus agujas, a veces dolorosas, como hoy, que llueve sin parar hace casi doce horas y suena un tema de mierda, no por malo, si no por doloroso, que me hace quererte como quiero para siempre.
Tengo un montón de respuestas que se han quedado paseando por los vientos del recuerdo desde el día maldito que, entre llantos, decidimos irnos, no sin antes prometernos, como en una jodida teleserie poco antes de su final, que nos amaríamos para toda la vida. 
Tengo un montón de preguntas. Tengo un montón de besos. Un montón de caricias e infinitos orgasmos.
Lamentablemente, también, tengo aquí, ahora, entre mis manos temblorosas por el frío y los nervios de un enamorado que no lo quiere asumir, la felicidad que se nos quedó, como todo lo demás, inconclusa. 
La tenía guardada hasta hoy, cuando me pediste, ocultamente, que comenzara lentamente a regresar.
Te la llevo de vuelta.