Tengo las cuerdas de una guitarra pegadas en la cabeza y en el alma desde el día en que decidimos encender el primer cigarro juntos, ansiosos de tabaco y de caricias.
¿Cuanto tiempo ha pasado?
Tengo en el alma, ahora congestionada de recuerdos y desvaríos, un montón de guitarras inconclusas y desayunos no preparados y cenas dejadas al olvido, solo por la culpa de que ya no somos lo que fuimos cuando, juntos, logramos ser el mundo entero y nada mas nos necesitaba, porque si, no necesitábamos del mundo sin antes que él necesitara de nosotros, pero como ambos, cuando éramos dos caminando por Marcoleta frente al poco iluminado cerro Huelen (que sabes que prefiero eso a Santa Lucía) y comprábamos pollo con tamaño de paloma para comer en el living que era tuyo pero, irrespetuosamente también ya lo había hecho mío, en la altura del 23 con vista al sur y a la cordillera y a las protestas afuera de Endesa.
Tengo, también, melodías que quisiera interpretar como un músico frustrado, bohemio, de esos que odio, que se muestran odiosos con el mundo, tocando en un antro de mierda con un pucho en la boca con la ceniza que ya se cae en los pantalones y putas pasando por mi lado ofreciéndome el mas salvaje y descarnado sexo, y rechazarlas y contar la historia que nos dejó inconclusos y por eso ahora digo no a las provocadoras peticiones de una prostituta de cabaret de los años 30 que hasta me ofreció unos Marlboro para después de su orgasmo fingido.
Me ha quedado también, un repertorio de canciones viejas para escucharlas junto a ti antes de pedirte que me dejaras dormir contigo, en tu cama, con tus sábanas como testigo (y también tengo latente, muy latente aún, el recuerdo de la primera vez que te escribí "tus sábanas como testigo") y me quedan las fotografías que tomamos para jurarle al tiempo que siempre seríamos parte de sus agujas, a veces dolorosas, como hoy, que llueve sin parar hace casi doce horas y suena un tema de mierda, no por malo, si no por doloroso, que me hace quererte como quiero para siempre.
Tengo un montón de respuestas que se han quedado paseando por los vientos del recuerdo desde el día maldito que, entre llantos, decidimos irnos, no sin antes prometernos, como en una jodida teleserie poco antes de su final, que nos amaríamos para toda la vida.
Tengo un montón de preguntas. Tengo un montón de besos. Un montón de caricias e infinitos orgasmos.
Lamentablemente, también, tengo aquí, ahora, entre mis manos temblorosas por el frío y los nervios de un enamorado que no lo quiere asumir, la felicidad que se nos quedó, como todo lo demás, inconclusa.
La tenía guardada hasta hoy, cuando me pediste, ocultamente, que comenzara lentamente a regresar.
Te la llevo de vuelta.