No se encontraron, esta vez, bajo la luz amarilla del costado del parque, ni entre luces de colores de una pileta de Providencia. Tampoco se vieron deambulando por una parte del casco antiguo del Santiago, ese que por ahí por los 1900, cobijaba a esa aristocracia de bigotes peinados y vestidos con falsos. No se tomaron de la mano por la alameda ni se durmieron por un instante en el pecho del otro, a la salida de algún metro de la ciudad.
Tampoco pasó el desquiciado preguntando por las casas de putas y por cómo se le decía a la cabrona en la puerta: ¿Madamme?
No weon, ¡Madmuaselle!
No se sostuvieron, abrazados frente a una cámara de fotos, sonriendo para la posteridad ni se besaron al costado de la laguna chica del O'Higgins. (Cómo odia ese apellido)
No hubo historias de la familia, ni de odios, rencores o traumas de la niñez. No hubo casi lágrimas por recuerdos emotivos.
Tampoco hubo miradas entre los cristales morenos de ella y los manchados de él.
Se encontraron, esta vez, bajo la luz multicolor de los recuerdos que se cruzan cuando se piensan durante el día, al costado de un parque, a la melancolía de una pileta enamorada de sus enamorados. Deambularon por las caricias que se recorren cuándo el tiempo se les acaba y se tomaron las manos al cerrar los ojos, como durmiendo en el pecho del otro, cuando un montón de distancia los alejaba de lo físico.
Se abrazaron a la magia del mirar la foto.
Sonrieron mutuamente al sentir la calidez que aún perduraba en sus labios del último beso.
Las historias los aguardan mirando de lejos, dando el paso a la historia que, juntos, construyen, con felicidad, con ansias, con temores y valientes deseos, con sonrisas, con juegos, con ojos morenos, con ojos manchados.
Y se quisieron.
Y se cantaron a la distancia:
Amarazáia zoê, záia, záia
A hin hingá do hanhan..
Ohhh Amarazáia zoê, záia, záia
A hin hingá do hanhan...